Historias de un hospital. Capítulo II: El humo ciega tus ojos ¿como en Mad men?

Hay tardes de domingo en urgencias de un hospital que son realmente tediosas. Son aquellas que coinciden con alguno de los numerosos derbis futboleros del año, o bien las de verano, cuando a las ocho de la tarde todavía es de día y la mayoría de la gente todavía no ha vuelto de la playa.

Una de esas tardes llegó un muchacho joven, muy modernillo él y con una gran sonrisa en la boca.

Yo: Hola, ¿qué te pasa?

Muchacho sonriente: uff, me duele la cabeza cosa mala

Yo, incrédula: emmmm, ¿seguro?, quiero decir…  desde cuando

Muchacho, cada vez más sonriente: pues no se…. Un rato

Yo, poniéndome nerviosa con la sonrisa: ¿un rato, cuánto rato? ¿Te has dado un golpe?

Muchacho, muy sonriente y repantingado en la camilla: ¿Golpe? Emmm, no, creo que no, no sé, emmm… oye cuántos años tienes…

Yo, interrumpiendo porque estoy empanzando a cabrearme: A VER, te duele la cabeza desde hace un rato y no te has dado un golpe… ¿has probado a tomar algún analgésico?

Muchacho, sonriente y mirándome como si fuera un bicho raro: ¿eso qué es?

Yo, a punto de llamar a alguien que me ayude con el elemento: algún medicamento para el dolor

Muchacho, más sonriente todavía: aaaaaah, no joder, es que me he fumado dos porros esta tarde y me ha dado cosa tomarme algo por si me sentaba mal con los porros

Yo, que empiezo a entender el asunto: te has fumado dos porros, ¿algo más?

Muchacho, menos sonriente pero ya algo adormilado: pueeeeees, una rayita, pero nada ¿eh?, poca cosa, no creo que haya sido eso. Para mí que ha sido el humo, que es que me sienta fatal que me entre en los ojos… bueno que, ¿me puedes dar algo para la cabeza?

Historias de un hospital. Capítulo 1: El tacón

La última hora del turno de noche en urgencias de un hospital siempre es mucho más larga que las nueve anteriores. Cualquiera podría objetar que una hora siempre tiene 60 minutos y que por tanto ninguna dura más que otras, pero no es verdad. De la misma manera que no dura lo mismo una hora cuando estamos tumbados en la playa, que una hora tumbados en la silla del dentista, o en la del ginecólogo, que además de más lenta es bastante más humillante.

Pero volvamos a esa última hora del turno de noche y a su relación con el tacón del título. Como decía, la última hora del turno de noche siempre transcurre lentamente, comienzan a apagarse las luces y encenderse todas las máquinas, sale el primer café de la mañana. En esas circunstancias uno espera que si llega un paciente sea una verdadera urgencia, una urgencia vital, una urgencia-urgencia como dice una compañera.

Sin embargo, no siempre es así. Una mañana, durante esa última hora y mientras tomaba el café que me ayudaría a conducir despierta hasta casa, llegó una señora con dolor en un pie.

Yo: dígame, que le ha pasado

Señora: Me duele el pie

Yo: se ha dado un golpe, ha hecho algún mal movimiento,…

Señora: no, hace mucho que me duele

Yo: dónde le duele exactamente

Señora: en el talón

Yo: Y ha dicho que le duele hace mucho, pero no recuerda si se dio un golpe…

Señora: no, no me he dado un golpe, en realidad sólo me duele cuando me pongo zapatos con tacón

Yo: ¿Sólo con tacón?

Señora: si, sólo con tacón. Dígame usted si no es eso un fastidio, porque la primera vez pensé que serían los zapatos, pero no, me pasa con todos los que llevan tacón y cuando voy plana no me pasa…

Lo dicho, durante esa última hora una espera que sólo vengan urgencias-urgencias.