Abuelos

Abuelo y nieta de Osvaldo Salas

Todavía no había cumplido los tres años cuando tuve por primera vez un herpes en el labio. En aquel entonces, por cuestiones de organización familiar, vivía con mi abuelo materno, quien para escándalo de una de las hermanas de mi madre me criaba demasiado salvaje. Según él, aquella primera calentura, como lo llamaba, se curó un día que me dediqué a beber los restos de unas cervezas que habían quedado a mi alcance. Huelga decir que, aparte de curarme, acabé borracha y mi abuelo amonestado por mis tías. Esa anécdota era una de sus favoritas y siempre la contaba en las comidas familiares.

Hoy he recordado esa historia porque la querida “calentura” ha decidido visitarme otra vez, y me he dado cuenta de que las cosas que vivimos en la infancia, incluso las más simples, tienen algo de poéticas cuando los que las recuerdan son los abuelos.

Y pensando en mi infancia, en las historias de mi abuelo materno, en las risas que nos provocaban los juegos de palabras de mi abuelo paterno, en la sopa de gallina con hierbabuena de la única abuela que he conocido, me he dado cuenta de que soy huérfana de abuelos y que ya nadie puede ayudarme a revivir la infancia con la ternura que ellos lo hacían.

Hasta pronto abuelos.